jueves, 20 de diciembre de 2012

La historia más bella del mundo, no tan bella al final.

Y cuando escribo pienso y pienso y supongo que debería escribir algo alegre, algo que llegue a algún corazón y que suba lentamente formando una sonrisa. Pero me he dado cuenta de que no se me dan bien las historias alegres, o por lo menos, no escribirlas. Soy humana y, como tal, soy estúpida, y lo que más me inspira es la tristeza. Aunque creo que en eso pecamos todos, ¿a quién no le gusta más un libro o una película con un nudo complicado y triste? ¿quién no prefiere una historia con lágrimas que una cotidiana que no nos haga sentir nada? Y creo, o intuyo, que si buscamos ese tipo de historias es sólo para pensar que puede haber un final feliz. Sí, queridos, seguimos buscando un final feliz, en historias, en la vida misma, en todo. ¿Por qué? Porque nos ayuda a seguir hacia delante, si pensamos que lo que llega va a ser mejor no nos cuesta tanto poder con todo lo que venga, somos así. Y supongo que eso, por una parte, es bueno. Eso sí, a veces es mejor levantarse porque hay que hacerlo, aunque creas que no tienes razones, aunque pienses que no vale la pena, aunque estés seguro de que no habrá final feliz. Tú levántate, no pasa nada, habrá un nuevo día y otro contratiempo que superar, pero piensa que eso te hace más fuerte, mucho más fuerte en realidad. Sonríe a la vida y ella te sonreirá a ti o, por lo menos, no te dará tan fuerte. Piensa que, a lo mejor, la historia más bella del mundo no tiene final feliz, pero eso no es lo que importa, ¿verdad?

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